Aventura de pesca en la selva Boliviana

Durante seis años consecutivos mi cita obligada para comienzos de primavera fue el Río Tarija, en Bolivia. Sus grandes piedras y cristalinas correderas me hechizaron desde un primer momento y  sus indomables dorados nunca dejaron de sorprenderme, a punto tal, de tomarlo como un desafío personal.
En aquellas épocas, no importaba mucho si pescábamos dentro de Parque nacional Tariquía o aguas abajo, había dorados para todos y de los buenos, pero lamentablemente los años no vienen solos, y una sucesión de inconvenientes propios del descontrol y depredación, sumados a la incertidumbre en el vecino país, nos llevó poco a poco a abandonar con mucha tristeza este querido destino de belleza salvaje.

Tras varios años sin buenas noticias, a mediados de septiembre pasado, recibo un mail que traía por asunto “tras las playas del pirayú”, era una nueva invitación de Tuna Labarta en la cual me comentaba sobre la posibilidad de llegar entrando desde sus nacientes. Me aclaraba que no sería sencillo y seguramente arriesgado, pero la sola palabra “Tarija”, me quitaba el sueño y mi respuesta fue rápida y segura, …decime cuándo y salimos.
El viaje fue planeado originalmente para el día 23, pero por falta de quórum y malos pronósticos climáticos decidimos postergarlo una semana más, salida: el 1 de octubre.

La fecha de partida llegaba y nuevamente las deserciones se sumaban una tras otra y el pronóstico continuaba poco alentador, chubascos y tormentas eléctricas no daban un buen augurio, sin embargo debíamos tomar una pronta decisión y por supuesto que fue salir como sea.
Nada me importaban las noticias que indicaban que Bolivia se encontraba al borde de una guerra civil, la “fiebre amarilla” no me dejaba pensar y mis ansias de volver eran incontrolables.
Esa mañana, saqué pasaje a Jujuy y pasado el medio día estaba en camino, armando los reels en el colectivo, con toda la carga de sensaciones propias de la aventura.
Ya de madrugada nos encontrábamos marchando hacia la frontera, éramos solo nosotros  dos.
Cruzamos desde Aguas Blancas a Bermejo y nos encaminamos rápidamente hacia la ciudad de Tarija. Desde allí desviamos nuevamente con rumbo al poblado de Entre Ríos, pero a poco de comenzar el trayecto, nos encontrábamos con el primer obstáculo, la ruta cortada por arreglos. Así fue que estuvimos cuatro horas demorados esperando tras una barrera, hecho que luego se traduciría en  medio día de pesca menos.
El ripio que une Tarija con Entre Ríos, es un largo caracol con muchos sectores de una sola mano, subidas interminables, curvas cerradas y precipicios, por lo que el tránsito se vuelve lento y peligroso.
Habiendo transcurrido un día desde mi partida, recién nos encontrábamos a mitad de camino, y aunque nos faltaban provisiones, las ganas de llegar nos decidieron a seguir adelante. Así llegábamos a Chiquiacá, caserío desde el cual nos indicarían como proseguir. Compramos unos panecillos, naranjas y algunas cervezas y continuamos la marcha por una hora y cuarto más de camino guadaloso en 4x4, cruzando no menos de diez arroyos y varias veces el principal hasta donde literalmente el camino encuentra su fin.
La luz del día comenzaba a apagarse y todavía nos restaban varias horas de caminata, sin caballos y con una tormenta amenazando, decidimos hacer noche allí para salir caminando al día siguiente, una pequeña casilla de tablas (escuela) sería nuestra guarida durante una noche larga y lluviosa.
Con las primeras luces, levantamos campamento, armamos las mochilas y comenzamos a caminar. A poco trayecto nos encontramos con unos chicos que venían arriando unos caballos, serían nuestros caballos nos preguntamos, les consultamos sobre la posibilidad de que nos acompañaran hasta el río llevando la carga y el mayor de ellos accedió. Ensillamos rápidamente una mula, atamos los bártulos y continuamos.
La huella en la selva era de película, pero las ganas de llegar y sobre todo de pescar, la hacían interminable, seguíamos un arroyo que desaguaría en el río, pero a cada curva se le sumaba otra y nuevamente teníamos que vadearlo y subir otro cerro, así tantas veces que perdí la cuenta. Tras casi cuatro horas de tranco firme, finalmente llegamos al lugar de acampe, no lo podíamos creer, dos días transcurrieron desde mi partida y ahora estábamos allí contemplando el magnífico e imponente paisaje del río Tarija. Ya era tiempo de armar los equipos.

No tardamos en entrar al agua, solo algunos casts y ya le estábamos sacando fotos al primero que tomaba la mosca de Tuna en un pequeño embudo. Seguimos barriendo el sector piedra por piedra, logrando en cada hueco una corrida o pique, pero todavía nada para el infarto. Fue hasta que llegamos al final de la corredera, donde ésta se pone lenta y profunda, allí tuve el primero de los grandes. La mosca derivó sobre el borde de la barda y una gran ola detrás la hizo desaparecer, todavía no había terminado de sujetar la línea para clavarlo y ya estaba en el aire, con su enorme y pesada cabeza que parecía moverse en cámara lenta, me quedé paralizado y sin reacción, cayó y nunca dejó de correr aguas abajo. A todo esto, yo estaba sobre una piedra en el medio del río y cuando intenté salir para correrlo, ya era tarde, me había sacado más de setenta metros de ventaja, pasando por cuanto obstáculo encontraba a su paso. Terminó cortando el tippet entre las piedras y fin del juego.

Por la tarde salimos río arriba cortando una herradura para bajar luego pescando. Nuevamente los piques se sucedían, pero los grandes seguían sin aparecer, como es costumbre no tomaban en todo el río, lo hacían o bien en la cabecera de las correderas (aguas blancas) o en la cola de los pozones (embudos). Finalmente en uno de éstos, tuve el segundo encuentro poderoso, otro de los grandes, y este sí que lo era. Tomó mi mosca y salió a la carrera sin saltar, solo vimos pasar un enorme refucilo amarillo que sacaba línea perdiéndose tras unas piedras en lo profundo del pozo, la línea que se trababa y otro corte.
Aún temblando terminé de recoger todo el backing y la línea, até una nueva mosca y me dirigí directo hasta el próximo embudo, solo un par de tiros y nuevamente como una película repetida, la suave tomada, la bruta y descontrolada corrida y el corte.

Entraba la noche y volvíamos a la carpa, las imágenes de cada pique y cada corte daban vuelta en mi cabeza intentando repasar cada uno de los instantes en búsqueda de respuestas.
Mate cocido y fogón de por medio analizábamos las situaciones concluyendo en que las pérdidas se debían principalmente a la distancia que viajaban los dorados arrastrando la línea entre las piedras, la fricción sumada al constante freno del reel llevaban al límite la resistencia del 22 libras que estábamos utilizando.
Esa noche me costó mucho conciliar el sueño, daba vueltas y vueltas pensando en que hacer o no al día siguiente. O ¿tal vez solo sería cuestión de suerte?
Ya de madrugada encaramos río abajo, la mañana transcurría con muchos piques de los chicos, pero los del medio y los grandes brillaban por su ausencia.
Llegando a una nueva curva, hago un cast corto de no más de tres metros a la entrada de una corredera y otro gran amarillo se zambulle como delfín sobre la mosca, lo clavé firmemente y me preparé para la carrera, mientras saltaba cada piedra, miraba el tambor y solo quedaban unas vueltas de backing, por lo que decidí aflojar el freno del reel para disminuir la presión, perdiendo el contacto. Seguí a mil por la costa destrabando a cada paso el backing de palo o piedra en la que este hacia una “L” hasta que nuevamente pude recobrar el contacto directo con los cabezazos. Lo peor había pasado ya, y tenía todo el pozón para pelearlo. A poco de dominarlo, Tuna se encontraba en el agua tomándolo de la cola. La alegría nos desbordaba, por fin una batalla a nuestro favor.
Aun con los latidos acelerados devolvíamos el primer grande del Tarija, un bello animal, al cual le calculamos unos doce kilos.

Mientras reacomodaba mi equipo, a lo lejos Tuna ya peleaba otro, decidí pasarlo por unos metros hasta el final del embudo, se trataba de grandes piedras que filtraban el agua lentamente hacia la próxima caída, típico lugar de grandes según la experiencia del día anterior.
Empecé sacando poca línea, peinando primero la orilla próxima, luego un poco más adentro y finalmente con un tiro largo puse la mosca al frente sobre lo calmo, corrigiendo río arriba la velocidad del agua comenzó a chupar la mosca acelerando la deriva y un lavarropa de un metro de diámetro estremeció la superficie. Otra vez a correr.
Tomó la mosca y se largó hacia abajo sobre los rápidos, nuevamente aflojé el freno del reel y comencé la persecución. Dejé la cámara y chaleco sobre una de las piedras y al agua, nadando hasta el medio del río, destrabando la línea del primer obstáculo. Viendo que la situación era incontrolable Tuna entró también al agua delante mío tratando de maniobrar en la corriente, siguiendo la línea entre las piedras hasta lograr un contacto directo con el pez, es mucho más grande que el anterior me grita a lo lejos, pero no lo podía agarrar, yo con la caña ni lo movía y Tuna que trataba de tomarlo pero se le hacia imposible. Era como correr un chancho en un corral, estuvimos no menos de 20 minutos en esta situación, hasta que finalmente en una pasada logra ponerle sus dos manos alrededor de la cola. Los gritos de ambos todavía retumban en los cerros bolivianos se trataba de un verdadero monstruo, de más de un metro y por lo menos 20 kilos.
No podía mantenerlo levantado para mostrármelo, era algo extraordinario, aflojé la tensión y la mosca que apenas estaba clavada entre los dientes del labio superior se salió como si nunca hubiese estado allí. Aún estábamos los tres al medio del río.
Lo llevamos a la orilla, cesión de fotos y al agua.
¡Vamos al pozo siguiente que seguro te pica uno de 30 kilos!!!. Me dice Tuna mientras nos abrazábamos.

El resto de la tarde y la mañana del día siguiente serían para los medianos, todos los que aún no habían picado entre los cinco y diez kilos hicieron su presencia, brindándonos momentos inolvidables de alegría y nuevos cortes que se sucedieron, nuevas escapadas, corridas y otros tantos sacados terminarían convirtiendo la jornada en una de las mejores pescas que recuerdo haber tenido. Llegaba la hora de regresar a casa.

Ahora en la oficina, repaso las fotos con amigos y muchos me dicen que quizás logramos un récord en vadeo, yo prefiero pensar que fue un gran pez, quizás el que muchas veces soñé pescar, dueño de una belleza increíble y que nos regaló un momento único.

Finalmente, me alegra mucho saber que mientras termino de escribir el relato, estos tesoros dorados de la selva aún están allí, esperan por nosotros bajo las cristalinas aguas del remoto río Tarija.

Gerardo Martinetto

Equipos Utilizados

Ambos usamos cañas Redington CPX #8 de 9 pies armados con líneas Rio Bonefish (novedad 2009) WF8F y Rio Tropical Saltwater WF8F/I.
Leaders cónicos de 8 a 9 pies con una resistencia de 22 libras (Leader Rio Striped Bass)y tippet de acero de 20 libras.
Los modelos de moscas más efectivos fueron: Sabalitos cabeza Epoxi, Tarijas SP y Polvorines atados en anzuelos #3/0, con predominancia de tonos naranjas, amarillos y blancos.