PACUES por Fernando Beltran

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Fernando Beltran y uno de los trofeos de pacu

 

El verde inmóvil casi se tragaba el sonido rítmico de los pasos, atenuados por el colchón de hojas en el suelo de la Selva. Recordé a  la escritora Candice Millard, algunas de las certeras descripciones de estos ecosistemas en su libro “The River of Doubt”-el rìo de la duda- que alguna vez exploró el ex presidente Theodore Roosevelt y que hoy lleva su nombre. Si bien es cierto que las Selvas de todo el planeta transitan un camino de retracción y muchas de ellas están agonizando, aún existen rincones imperturbados, a salvo todavía de la especie más peligrosa de todas. Sólo en Brasil, la foresta tropical más grande que nos queda ha perdido en las últimas cuatro décadas unos 700.000 kilómetros cuadrados de su masa selvática original, un área más grande que  Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires en conjunto.

Sin embargo, la Amazonia sigue siendo un lugar enigmático y mágico, con un magnetismo que parece mantenerse intacto, algo que genera la misma poderosa atracción que en 1.925 llevó al explorador inglés Percy Harrison Fawcett a la búsqueda de una supercivilización que sigue siendo un misterio. Fawcett nunca regresó, y su desaparición atiza la imaginación y mantiene vigente, casi un siglo después, la fascinación del hombre por las Selvas.

Foto-21Uno de esos “pasadizos umbríos” de Millard nos llevaba con facilidad en nuestro camino río arriba, un sendero abierto por yuracarés y chimanes para facilitar la diaria peregrinación en busca de aguas alejadas, más difíciles de alcanzar caminando todo el tiempo por el lecho irregular y tortuoso de un río que fluye entre cordones de cerros tapizados de vegetación. Pablo Pessacq iba adelante, manteniendo un paso sostenido que permitía enmendar un poco la partida en la mitad de la mañana, retraso importante teniendo en cuenta que era un campamento de apenas dos días. Al cabo de tres meses de caminar muchas horas diarias sobre piedra y arena de manera continua, las mochilas no eran una molestia, y la promesa de disfrutar sitios y peces intocados flotaba en el aire y hasta parecía caminar junto a nosotros. Íbamos en pos de un recreo y de una búsqueda concreta: pacúes. La época del año –fines de octubre- y la oportunidad de alcanzar aguas con presión de pesca cero eran una chance inmejorable para intentarlo y despedir otra temporada del mejor de los modos.

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Aguas transparentes y pescas extremas

Si bien el dorado es la especie de referencia y el objetivo que todo mosquero busca, los torrentes selváticos de la Amazonia boliviana que albergan a nuestros amarillos son hábitat, por igual, de esta especie que magnifica la aventura y tiene un valor propio y bien ganado, una serie de matices y comportamientos bien diferentes al del dorado, lo cual enriquece profundamente la experiencia de pesca. Es un reto diferente, otro tipo de desafío en el que se pierde muchas veces.

Pacúes y dorados comparten las mismas corrientes de agua, pero sus patrones de distribución difieren significativamente: mientras es factible encontrar y hacer tomar dorados en cualquier tipo de estructura, el pacú prefiere aguas quietas de media a gran profundidad. Esto no es absoluto, ya que pueden encontrarse también en las áreas bajas y rápidas de las cabeceras de los pozos, aunque esto ocurre sólo de manera ocasional. Acerca de las razones que fundamentan este tipo de comportamiento, encuentro una respuesta satisfactoria en el tipo de alimentación asociada: los pacúes tienen una dieta claramente omnívora, conformada por hojas, flores y frutos de diversas especies, insectos, peces pequeños y no tanto, y seguramente cualquier otro tipo de organismo de origen terrestre y dimensiones apropiadas que cometa el descuido de ponerse a su alcance. No lo he visto, pero puede que pichones, anfibios y roedores de pequeño tamaño integren también la lista del amplio menú del pacú. Su marcada predilección por hojas y frutos –e incluso pétalos de flores- sea quizás la mejor manera de explicar por qué el 90 % de las oportunidades de pesca acontece en aguas completamente quietas; es habitual encontrarlos en las márgenes de pozones con paredes cortadas a pique, lugares profusamente sombreados por el avance de las ramas sobre el agua. La Selva de gran envergadura, densa y poblada por una amplia variedad de vegetación, garantiza un aporte de comida poco menos que perpetuo, en donde los ciclos biológico/reproductivos de muchas especies arbóreas y arbustivas conforma una oferta escalonada que garantiza un suministro de comida sostenido a lo largo del año.

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Pacu subiendo a tomar una hoja que deriva

Sabemos sobradamente que la vida de los peces, desde el más pequeño al más grande y cualquiera sea su especie, transcurre generalmente a través de una inconsistente relación costo-beneficio, una batalla sin descanso en los despiadados entornos que caracterizan a casi cualquier ecosistema acuático del mundo. En este sentido, aceptar de buen grado un alto porcentaje de alimentación “vegetariana” en aguas que discurren bajo el dosel de bosques tropicales que son literalmente fábricas de alimento, significa asegurar el acceso a comida de manera constante y en cualquier momento del día. Encuentro en esto una razón convincente para justificar la displicencia con que muchas veces los pacúes siguen a las moscas, el carácter dubitativo e inseguro con que toman frecuentemente, mordisqueando colas y “probando” antes, algo que puede pulverizar los nervios de cualquiera que no esté dispuesto a aprender, experimentar y mantener por sobre todo una actitud abierta que conduzca a disfrutar, por encima de todo resultado. Es apasionante acercarse despacio, sin más ruido que el temblor del agua inmóvil perforada por las zingas –los palos largos y finos usados para impulsar las canoas- y ver un pacú tomando en superficie con la delicadeza de una trucha comiendo efímeras; o encontrar dos o tres de ellos “pastoreando” como vacas, comiendo simultánea y prolijamente acomodados a su alrededor, una misma gran hoja de ambaibo.

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Verdadero trofeo de pacu

Cuando algunas condiciones tales como aguas frías y/o presión de pesca forman parte del escenario, son frecuentes los short strikes,  esos piques cortos típicos que sólo involucran la parte final de la mosca.

Es muy importante que anzuelo y alambre – el wire – sean de excelente calidad, porque la boca del pacú tiene una fortaleza y anatomía que merecen un párrafo aparte. La cabeza, compacta y poderosa, tiene una conformación ósea de gran solidez, que remata en una estructura bucal relativamente pequeña en relación al tamaño del pez –comparándolo al dorado por ejemplo- y con una dentición con el poder suficiente para cortar con facilidad, incluso de modo instantáneo cuando el pique es muy violento, cables de acero de hasta 30 libras de las mejores marcas.

Su alimentación omnívora abre un abanico de posibilidades muy interesante en cuanto a las imitaciones que pueden usarse y las diversas técnicas de pesca asociadas a ellas.
En determinados momentos de la temporada, algunas especies arbóreas emblemáticas concentran su floración y la consecuente fructificación, y entonces las chances de pescar con imitaciones de frutos y flores se convierten en una carta que debe jugarse de manera casi obligatoria.

Las copas y las ramas del dosel que vuelan sobre el agua suministran en esos tiempos una fuente de comida regular, una especie de dosificación de alto valor nutricional: el oportunismo hace su llamado y entonces es habitual encontrar pacúes alimentándose activamente en esos sitios.

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Pacues tomando hojas en superficie bajo las ramas tupidas

 

Pueden hallarse inmediatamente bajo la superficie, expectantes e inmóviles, aguardando la caída de pétalos o frutos cuya baja densidad hace que floten, o alimentándose a mayor profundidad cuando estos caen y se hunden con rapidez después de un “plop” característico. En estos casos, la dificultad principal radica en ponerse a tiro con absoluto sigilo, so pena de espantar o interrumpir la actitud alimentaria si algún ruido o ángulo visual malogran el approach.

Estas aguas quietas no perdonan casts improlijos ni líneas que se posen agresivamente en el agua, así que hay que tratar de canalizar la adrenalina lo mejor posible y ganar esa lucha interna que es – afortunadamente desde mi óptica- una parte fundamental de la magia de la pesca. Si podemos salir airosos de esto, y alguno de esos pacúes decide tomar el ofrecimiento, sobreviene el próximo desafío: conseguir clavar el anzuelo en una boca dura, y en un lapso de tiempo que es un reto en sí mismo, porque muchas veces se reduce a una fracción de segundo.

Es algo curioso, pero los pacúes, la mayoría de ellos, manifiestan una reacción diametralmente opuesta después de la tomada; es fascinante ver esto una y otra vez, teniendo en cuenta que hay un valor adicional enorme en cualquier experiencia de pesca –como ésta- en donde se puede ser espectador de todo lo que ocurre. Hay una divergencia drástica, quizás disparada por el instante en que el pez siente el anzuelo, un giro de 180 º antes y después del pique, y esto es algo clave, un momento del que muchas veces –muchas- se sale perdiendo… Y es que esos peces que por el agua absolutamente quieta tienen todo el tiempo del mundo para tomar una mosca, van muy a menudo hacia ella lentamente –sobretodo usando streamers– dando la sensación de decidirse en el último instante posible. Algo capaz de crispar a un muerto, distorsionando la concentración y el esquema mental que sostenemos. Si conseguimos mantener el enfoque, la caña baja y la mano que no lanza sosteniendo consistentemente la línea, se debe clavar el anzuelo en ese instante mínimo y dejarlos ir, sólo dejarlos ir.

La corrida que sigue es sostenida, potente, muchas veces hasta bien entrado el backing si hay espacio para hacerlo, una carrera impulsada por una cola muy fuerte y de importante dimensión en relación al tamaño del pez. Si hay palos, o cualquier estructura que sirva como refugio, el pacú irá directamente a eso; no hay saltos –muy raramente ocurre alguno- ni derroche de energía en superficie: la pelea es dura y es abajo, profundo, con corridas repetidas y exigencia seria para wires y anzuelos. Un pacú grande puede cortar un alambre de acero de 40 libras, y ha habido casos en donde anzuelos fuertes han corrido la misma suerte.  El tipo de tomada que mencionamos anteriormente, muchas veces casi con indiferencia, hace que la mosca venga frecuentemente clavada en la periferia de la boca,  en el tejido externo por fuera de la estructura dentaria, así que el arrime al agua baja de la orilla es otro momento delicado, una oportunidad más para que –cuando  sienten el contacto con el fondo- uno o dos coletazos enérgicos alcancen para liberarlos y devolverlos a las profundidades oscuras donde moran.

En otro plano –más complejo, más silencioso, estéticamente intransferible- se sitúa la pesca de esos mismos peces en los tributarios, arroyos cristalinos de una claridad y belleza absolutas, que fluyen por recodos en los que a veces apenas es posible hacer pasar una canoa. Es una apuesta fuerte y difícil de ganar, pero que cuando se corona con el éxito se traduce en una experiencia comparable a ninguna otra.

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Las fuertes mandibulas del pacu pueden cortas anzuelos y chicotes gruesos

Esto es pescar pacúes en la Amazonia boliviana: asumir un reto poblado de preguntas latentes y cosas por desarrollar, un camino abierto con un montón de recovecos inexplorados, todavía vacíos, en donde sólo una pequeña parte de los peces que luchan del otro lado acaban varados en la orilla.

Por todo esto, y tantas otras cosas que exceden cualquier intento de escribir, este pez excepcional no merece ser considerado “un complemento”; el pacú como especie, como desafío, como fin en sí mismo, amerita una posición superlativa, con todos los aditamentos necesarios para enaltecer a la pesca con mosca e invitar a la aventura de una experiencia fantástica.

Pescamos con Pablo muy poco, la primera tarde algunos tiros mientras caminábamos hacia el campamento – suficiente para que él concretara un Grand Slam impecable- y sólo 4 o 5 horas la mañana siguiente, asistiendo al privilegio de devolver pacúes que nunca antes vieron una mosca, no al menos durante esa temporada. Lo hicimos casi exclusivamente en superficie, pescando cien por ciento a pez visto con una gran hormiga de foam. Nos quedamos un rato largo, temprano en la mañana, mirando una familia de marimonos viajando por el dosel de la Selva, 20 metros arriba, las madres saltando en caída libre con sus crías encaramadas a la espalda.

Encontré mi Jaguar, una imagen espectral y fugaz con la que soñé muchas veces… Y su rastro enorme donde dejó la playa para evitar mi intromisión pocos metros adelante, en la arena blanda y con agua aún en el fondo de la impronta, la señal inequívoca de una huella inmediata.

Huellas de yaguarete frescas

Huellas de yaguarete frescas

Al mediodía, en el instante mismo en que Pablo devolvía un pacú negro muy grande, un chapoteo cercano nos llevó a compartir la visión de un anta que tomaba despreocupadamente un baño en la otra orilla, a 30 metros de nosotros, que ni siquiera intentó averiguar si las dos criaturas que sonreían del otro lado podían significar algún peligro. Volvimos con Eso, cargados con la plenitud de las cosas cuya grandeza nos desborda y nos cambia también, de algún modo que muchas veces no comprendemos, simplemente porque excede la dimensión de lo que alcanzamos a vislumbrar racionalmente. Mis pies estaban rotos, con ese tipo de lesión que duele y arde varios días, pero el hallazgo familiar de aquella percepción no pudo más –igual que siempre- que arrancarme una sonrisa sostenida largo rato.

Fernando Beltrán

Fotografías: Ramiro Badessich, Pablo Pessacq, Fernando Beltrán

Un comentario sobre “PACUES por Fernando Beltran

  1. Siento el relato como vivido, ya que acabo de venir del amazonas brasilero y haber pasado por una experiencia similar, salvo que no tube suerte con el fly ya que falle en haber llevado solo imitaciones de frutas y obtener dos piques, ambos pinchados, en el salto se soltaron, propio de los llamados pacues borrachos que se caracterizan por su aleta dorsal deflecada, y no aprobeche la experiencia positiva q he tenido con pacues reloj con ninfas y chernobil, pero bueno lo lindo de este deporte es la revancha, los felicito y siempre suman las experiencias y comentarios que enriquesen nuestro conocimiento.

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